c

Sobre La cámara de Claire

Hace unas semanas tuve oportunidad de ver en este imprescindible cineclub una nueva película del prolífico director surcoreano Hong Sang-soo. Si su anterior propuesta, la curiosa y entrañable Ahora sí, antes no, me había sorprendido gratamente, y me había dado pie y boli para escribir un artículo que titulé Carol, el próximo beso será en los labios en el que partía de una crítica, nada saludable, por cierto, de la mediocre pero exitosa (¡vaya usted a saber por qué!) Carol, aquella películita de Todd Haynes de la que hoy ¿quién se acuerda?, y a la que contraponía a la bonita cinta de Hong Sang-soo, bastante menos re-conocida y bastante más meritoria.

 

Así que dos años después, mes arriba, mes abajo, me acerqué al cineclub para visionar, mejor para volver a visionar (luego lo explico), La cámara de Claire, una preciosa miniatura de apenas 69 minutos de duración, pero a la que no le falta nada para ser otra de las excelentes películas de Hong Sang-soo, y a la que la proyección en el FAS, en una excelente versión original con subtítulos, no hizo sino aumentar sus excelencias.

 

Porque por eso hablaba antes de “volver a visionar”, porque ya había tenido oportunidad de ver anteriormente La cámara de Claire, pero lamentablemente doblada (al castellano), y acudir entonces, en este caso, a la sabiduría popular para proclamar aquello de que comparar las dos versiones es como comparar a Dios con un gitano, pidiendo perdón a todos los gitanos del mundo que han sido, son y serán, es algo que resulta de cajón de madera, de verdad de Perogrullo; sí, aquel sabihondo que a la mano cerrada le llamaba “puño”. Sólo por esto el cineclub debería resultar siempre una ineludible compañía y una más que inexcusable cita semanal. Sí, los martes, a las 8 menos cuarto, por si algún desmemoriado anda todavía por ahí sin reloj ni móvil…

 

Pero yendo a lo que voy o a lo que pretendo ir, y por certificar la rígida autoría con la Hong Sang-soo firma todas sus películas, si en Ahora sí, antes no la protagonista, una joven pintora vive una especial relación con un director de cine que ha acudido a la ciudad de Sueño donde va a proyectarse una película suya, y al que, después de uno de sus paseos nocturnos, después de rozarle la mejilla, le dice aquello de el próximo (beso) será en los labios a modo de tierna despedida y ante la mirada arrobada y perpleja del director, en La cámara de Claire, apenas dos años más tarde, el motor que pone en marcha la cámara de Hong Sang-soo (y por extensión la de Claire, una magnífica y vulnerable Isabelle Huppert) es, precisamente, el beso en los labios (y algo más, por supuesto) que otra entrañable joven, ésta empleada en una distribuidora cinematográfica, da a otro director de cine, éste más mayor y más dado a la bebida.

 

Sí, porque con este beso, ya en los labios, y aunque ni Hong Sag-soo, ni Claire nos lo muestren, la función da comienzo. Y nosotros, espectadores, y de las manos (o de las cámaras) de Hong-Sang-soo y de Claire asistimos a sus consecuencias. No lo hacemos en orden cronológico (¡ni falta que nos hace!), pero las peripecias de la joven distribuidora, de su jefa, del director de cine y, sobre todo, de esa fotógrafa que, bajo los rasgos físicos de Isabelle Huppert, responde al nombre de Claire, y que en la penúltima, excelente y conmovedora secuencia, nos contará a nosotros y a su joven amiga que su pareja ha muerto recientemente tras una penosa enfermedad y que ella misma ha tratado de quitarse la vida, lo que nos hace entender y sentir al instante la desorientación y desamparo que ha ido paseando a lo largo y ancho de la película por las coquetas calles de una grisácea, solitaria y triste Cannes (sin duda la presencia convaleciente de Claire hace que Hong Sang-soo, con el máximo respeto oriental, no nos la pueda enseñar de otra manera).

 

Pero la película, por lo demás, y para los buenos aficionados, no tiene desperdicio. Desde el título, La cámara de Claire, ¿cómo no vamos a acordarnos de la Claire de Rohmer y de su rodilla? Y la película de Hong Sang-soo huele a Rohmer por sus cuatro costados, cosa que siempre es de agradecer. Incluso encontramos en ella guiños a Zulawski, y a aquella mítica película suya que nos encantó y a la que llamábamos Lo importante es amar (emblemático título, ¿verdad Hong?), cuando la joven distribuidora, transida de dolor ante las consecuencias en la que ha derivado su affair con el director de cine, se vuelve hacia la cámara de Claire, y como Romy Schneider a Fabio Testi en la mencionada película de Zulawski, con los ojos arrasados de lágrimas, le suplica, no, por favor, no, no me hagan fotos…

 

Aunque las fotos sean, en primera o última instancia, la sal de la película. Sin duda que sin Claire, y sin ellas la película de Hong Sang-soo no existiría. Y muchos  de nosotros lo estaríamos todavía lamentando.



Toni Garzón Abad
Socio, y a mucha honra, del Cineclub FAS